Si no viene, no sabe lo que se pierde.
Tucumán es historia, es cultura, es naturaleza, es turismo, es deportes, es joda (perdón, diversión) de día y de noche,
es el Jardín de la República.
Si un viajero desprovisto de preconceptos llegara hoy a la provincia de Tucumán, lo primero que lo impresionaría sería, por cierto, la magnificencia del paisaje, que es lo único que los siglos no han podido alterar. Hallaría que el clásico calificativo de Sarmiento, Jardín de la República, no puede ser más justo, en cualquier parte de ese territorio cubierto de verdor y surcado por ríos caudalosos, con el paredón de montañas en su horizonte, el benigno invierno y el torrentoso verano.
Después, el viajero se sorprendería por los contrastes. A poco metros de un niño que pide limosna u ofrece lustrarle los zapatos, podría hallar un universitario que investiga concienzudamente las disciplinas más diversas.
Encontraría que su pueblo es tan capaz de apasionarse por el precio de la caña de azúcar, como de llenar los teatros y las salas de conferencias.
No entenderá el desorden y el capricho de su arquitectura. El color local le será esquivo: extrañará la música folclórica, la constante apelación telúrica de otras provincias interiores. Sin embargo, hallaría también que de esta tierra han salido varios de los más importantes compositores e intérpretes de música nativa.
Encontraría en los tucumanos como vergüenza de exaltar sus próceres y sus fechas históricas: un pudor que abandona esos temas al campo de lo sobreentendido.
Todo eso dejará al viajero muchas veces desconcertado. Si hallará coherencia, en cambio, en la franca hospitalidad hacia el recién llegado, que le ahorrará "las horas indeciblemente amargas de la soledad en la multitud": la amistad generosa, espontánea. Encontrará tiempo para conversar, para demorarse discurriendo sobre las cosas de la vida, que corre afuera con la misma celeridad que en las grandes ciudades. Podrá entrar a casa de techos altos, y cruzar patios llenos de macetas y de flores. Podrá caminar por calles plácidas entre árboles llenos de perfume.
El pasado no se le brindará directamente, sino que tendrá que buscarlo, en algunas viejas arcadas, en ciertas iglesias, en la humilde Casa de la Independencia, en algunos ángulos de sus villas y ciudades.
Pero, en el transcurso de un concierto, o de una obra de teatro, o el frecuentar su singular periodismo, o entrar en alguna facultad de sus universidades, le parecerá que está en cualquier capital del mundo, porque el espíritu sopla intensamente cuando quiere.
Una sola cosa es segura: le será difícil olvidarla.
Extraído del libro "Tucumán" publicado por el diario La Gaceta de Tucumán, autor de la nota el notable periodista e historiador Don Carlos Páez de la Torre (h).
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